Una historia de Navidad de Kaaten

Una historia de Navidad de Kaaten

El 5 de enero es más que una fecha, es el día que los niños esperan con ansia durante todas las navidades. Un día de nervios e ilusión desbordada.

La tarde había sido intensa para los tres hermanos. Habían salido de casa a primera hora de la tarde con sus bufandas y gorros de lana, para ir a la cabalgata. El abuelo, que tenía muchos años de experiencia en cabalgatas, fue el encargado de acompañarlos.

Apostados estratégicamente en la esquina de la frutería, subidos al banco de madera, esperaban para ver girar las carrozas de Sus Majestades. Mientras tanto, el botín en forma de caramelos no paraba de crecer y crecer. Era precisamente el abuelo quien dirigía las operaciones de recuperación de dulces con unas espectaculares dotes de mando.

Baltasar fue el primero de los reyes en aparecer. En ese momento, la más pequeña de los nietos, sintió una punzada de emoción en el estómago. Por un instante, incluso los caramelos perdieron su atractivo. En medio del gentío, la niña gritaba la misma palabra una y otra vez.

Después llegó Melchor que, agitando la mano, pasó también frente al banco de madera. La pequeña, con las mejillas sonrojadas por el frío, seguía repitiendo sin parar, algo que resultaba ininteligible.

El remolque -cargado de luces y estrellas plateadas- en el que viajaba Gaspar, era el que cerraba la comitiva. Esta vez, en lugar de seguir adelante, se detuvo justo delante del abuelo y los niños. La nieta menor vio clara su oportunidad, haciendo un rápido quiebro, burló la vigilancia y corrió entre un mar de piernas, paraguas y bolsos para llegar junto al camión.

Durante unos segundos consiguió colocarse en el lateral y, haciendo aspavientos, llamó la atención de Gaspar. Ella gritaba y gritaba, pero el Rey Mago sólo saludaba, pero la niña insistía una y otra vez. Gaspar, sonriendo, se tocó el oído con un dedo enguantado. No le estaba oyendo entre tantos niños y, además, los villancicos resonaban tan fuerte, que no ayudaban demasiado.

La escapada, que acabó rápidamente con una reprimenda, apenas duró unos minutos. La niña estaba desolada, ni siquiera la parada en la churrería de camino a casa, ni la enorme taza de chocolate caliente y la generosa porción de roscón parecían consolarla.

Todo el camino de vuelta a casa, mientras los hermanos mayores correteaban y reían, la menor solo miraba al suelo, compungida y silenciosa.

Ya estaban en el portal, el abuelo llamó al telefonillo mientras, por instinto, la niña miraba hacia arriba buscando su balcón. Súbitamente, su actitud cambió y una sonrisa se dibujó en su cara.

Subió los escalones a toda velocidad, saltando de uno al siguiente. No quiso ni esperar al ascensor. Después entró a la carrera en la casa y entró en su habitación, rebuscó en el cajón de los lápices de colores y se empleó a fondo en escribir y dibujar en un papel.

Pasados unos minutos, salió relajada y sonriente. Disfrutó de la cena con sus hermanos y se fue a la cama sin rechistar.

Cuando su madre fue a darle un beso de buenas noches y apagar la luz de su mesilla, la niña le cogió la mano y dijo: “no toques la ventana ¿vale?”

Esto generó una gran curiosidad en la mujer, ¿por qué ese comentario en ese momento? Mientras preparaba todo para la visita de sus majestades de oriente, solo le daba vueltas a las palabras de su hija. Pero la curiosidad fue todavía a más cuando entró de nuevo en la habitación y vio a la pequeña, profundamente dormida, agarrando la cadena del estor.

Volvió sobre sus pasos, abrió la puerta del salón y se asomó al balcón. Desde allí pudo ver el exterior de la ventana del cuarto de sus hijos. Pegado con cinta en el tejido del estor había una serie de folios de papel en los que, con caligrafía infantil y múltiples faltas de ortografía, habían escrito: “La muñeca esquiadora, no la de la bicicleta. He cambiado de idea. Muchas gracias reyes”.

Desde Kaaten os deseamos unas felices navidades y un próspero año nuevo en el que sigamos disfrutando de vuestra confianza.

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